Una luz fría, casi metálica, alumbraba su ciudad. Decidió salir a caminar por que se sentía asfixiado en las cuatro paredes pertenecientes a su cuarto, las cuales encerraban tantos recuerdos y añoranzas como años vividos.
Apenas asomó su nariz a la calle sintió ese aire a contaminación, a problemas, a tristezas. Sintió su cuerpo casi tan frío y metálico como su ciudad, culpable de la mayoría de sus males.
Tenia 30 años, estaba solo y lo único que le quedaba era ella en su mente: La había perdido. Todo por una estupidez, una diferencia en su manera de pensar. El recordó que ella nunca lo había escuchado y ella, en su espacio, se acordó de que el nunca la entendió. Eran dos sordomudos estableciendo una discusión que no desembocaba en ningún mar.
Cuando recordó que nunca más tocaría su rostro ni tampoco iba a poder sentir ese olor tan especial, ni su tacto, ni su piel. Sus ojos ya no estaban y no había nada que el pudiera hacer para volver a tenerla cerca.
"Doy toda mi vida por un segundo a su lado" le dijo a la imagen falsa de un muñeco que para muchos es Dios, en el cual el nunca creyó pero no le quedaba otra opción que poner sus pocas esperanzas en sus ojos de cera, quizás así podría volver aunque sea un momento.
Un par de gritos desgarradores y lágrimas ahogadas en un silencio eterno. Corrió hasta que le dolieron los pies, él la siguió hasta donde el maldito cigarrillo lo dejó. Ya no podía más.
Siguió caminando y se volvió cada vez mas frío, cada vez más metálico. No era él, estaba seguro, era otra persona en su cuerpo.
Él se fue con ella cuando tropezó corriendo en la calle y el colectivo no la vio.
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